Una de las cosas que más me gustan de los franceses es que la cultura forma parte de su vida cotidiana, de su identidad. Aprecian su cultura, la respetan y se sienten orgullosos de ella.

Ir a ver una exposición, participar en alguno de los numerosos eventos que se anuncian en las estaciones de metro o de autobús, asistir a óperas, espectáculos musicales, recitales, conciertos, danza, recorridos históricos, noches de humor, cine… y charlar sobre ellos forma parte de su rutina.

Debido a esta atracción que ejerce la cultura en sus ciudadanos, es una fuente de riqueza, que se cuida y se mima. Es intocable. No depende de caprichos personales o de las circunstancias políticas. Es decir, el gasto público en cultura se llama inversión. 

 

 

 

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