Solo por el nombre ya apetece ir a visitarlo, el Faro de las Ballenas evoca historias de piratas, de barcos varados, de naufragios, tesoros hundidos… y tengo que confesar que me sentí un poco decepcionada.

Es lo que tiene haberte imaginado un lugar salvaje y encontrarte tiendas de souvenirs, restaurantes y una heladería a la entrada del faro.

El sitio merece la pena, es el principal monumento de la isla y una visita obligada, pero le sobra gente y le falta misterio. 

El faro, uno de los más altos de Europa, está situado en el extremo norte de la isla junto a una torre que hizo de faro un siglo antes de que se construyera el faro, que data de mediados del siglo XIX. También hay un pequeño museo aledaño que explica la historia.

Desde el mirado del faro, que se puede visitar, se ve toda la isla, pero como no me gustan las alturas (57 metros de altura y 257 escalones circulares), yo preferí asomarme a la costa y ver los restos de las antiguas exclusas que usaban los pescadores de la isla y los recuerdos que dejan los visitantes en la playa en forma de muñecos de piedra.

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